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Archive for 4 abril 2010

Lora decidió permanecer al borde del precipicio un poco más, su mirada perdida recordaba a la de Ofelia en sus momentos más delicados y daba la sensación de que en cualquier momento el impulso la dominaría. Sin embargo su escualida y oscura silueta seguia firme como un estandarte sobre el rocoso y abrupto abismo. La noche dibujaba recelosa pequeños pellizcos de luz en el horizonte y la brisa marina mecía con suavidad sus largos y sedosos cabellos a la vez que inspiraba y reafirmaba su deseo de un fin en seco. Su lucha se tornaba demasiado dolorosa como para hacerla eterna y sus piernas empezaron a flaquear.  Fue entonces cuando en el  falso silencio de la noche, a lo lejos, se intuyeron cinco tímidas notas que involuntariamente la llevaron al despertar del letargo de la duda. ¿De dónde provendría aquella melodía tan extraña? El acantilado estaba situado encima de una colina y cada entrante y saliente rocoso  apoyaba el resonar de aquellas cinco notas cada vez más cercanas. Lora guiada por aquel embriagador soniquete, bajó la colina intentando encontrar el origen de tan envolvente música. No era fácil la búsqueda pues el eco confundía cualquier punto de referencia posible. Sólo cuando logró llegar hasta la playa  lo vio todo con la claridad del agua que ahora mojaba sus pies. Allí, el horizonte se adivinaba eterno y la música parecía partir justo de una pequeña luz perdida entre las olas.  El olor del mar mezclado con el aire fresco le produjo escalofríos, pero decició esperar hasta averiguar qué forma tendría aquella luz tan misteriosa.

 No pasó mucho cuando Lora pudo divisar al fin un pequeño barquito frente a sus ojos. Se trataba de una embarcación muy peculiar pues toda su estructura estaba compuesta por conchas de toda clase y tamaños. El capitán del barco era un viejo marinero conocido en el lugar por “El Gran Jefe”. Por razones que nunca se supieron este lobo solitario de áspero sabor a salitre decidió un buen dia hacerse a la mar y trasladar todo su mundo a ese pequeño santuario marino. Quizás la añoranza fuera la que año tras año guiara a este viejo sabio a dedicar buena parte de su tiempo a tematizar cada rincón de su pequeña estancia con los restos de los nácares, caracolas, piedrecitas y conchas que iba extrayendo de cada viaje, origen de todo tipo experiencias y fuente de todo tipo de recuerdos de lo que él  en alguna ocasión llegó a ser. Una especie de mural gigante, un cuadro vivo, una forma de hacer eterna e imperturbable cada de vivencia del pasado…
Pero aquella noche la soledad le hizo esbozar con su armónica una canción de cuna que la nostalgia le enseñó en alguna ocasión para llamar a las sirenas y así de paso hacer más amena la noche de pesca… pero en su lugar apareció Lora con la cara blanca del frio y acompañada del sentimiento de culpa. Parecía un fantasma plantado en la orilla de aquela solitaria playa. Como por arte de magia y dominado por el impulso del instinto, esbozó cinco palabras a modo de pregunta  -“¿A qué esperas alma perdida?”.
 En sus más de cuarenta años de vivencias acontecidas, de aventuras en el mar, había logrado adquirir una gran habilidad para atravesar la linea de la sinrazón. Su sabiduría, la pasión por la lectura y su ilimitado poder de observación eran herramientas que utilizaba  con frecuencia para jugar a uno de sus juegos favoritos; el extraordinario y abstracto mundo de lo humano.
Lora desconcertada ante la profundidad de sus palabras dejó salir de sus labios la única respuesta que su corazón le permitió liberar;
-” La espero a ella Gran Jefe, ella se fue sin más y no logro encontrarla”
El Gran Jefe conocía de sobra esa sensación y atraído por la ternura y la debilidad que desprendía la invitó a subir. -“Ven, yo puedo ayudarte a encontrarla”.
Fue entonces cuando Lora se adentró en el mar como un resorte, sin importarle la dificultad que conllevaba sortear el oleaje embutida en un vestido de principios de siglo, tal era su deseo de encontrar una salida a su desgarrada desazón.
“-Será un viaje difícil…”- apuntaba mientras le ofrecía algo de ropa seca y unas toallas. – ” … no tengas miedo, la naturaleza es tan sabia que no dejará que te hundas sin antes darte una esperanza, sólo hay que saber mirar…”
Y bajo el mismo manto cargado de pequeños retazos de luz donde horas antes la angustia viciaba la agonía de aquella disipada alma, el viejo marinero comenzó a soltar las amarras de su pequeña embarcación rumbo aun no se sabe dónde, tampoco importó. Esta reseña no es de vital importancia pues hay lugares cuyos mapas carecen de sentido, son inexistentes, inexplicables.
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